jueves, 24 de abril de 2014

LAS CARTAS SIN REMITENTES. 3

      Otro día más, con miedo a mi propia casa, me desperté. Desayune con pavor a que cualquier cuchillo de la cocina valora hacia mí. Pero nada paso, y lo peor, no sabía si me tenía que alegrar por ello. Aquello me estaba volviendo loco, aunque, lo pensaba y me decía: “ya estoy loco, no solo por lo que me estaba pasando, sino también porque aún no me había ido de allí”.

     Todo parecía escrito por un psicópata, un perturbado al que, al ver como es la vida queda traumado con sus propias ideas y preguntas sin contesta.

     Ese día, quiso un amigo, que saliera a dar una vuelta y despejarme, aunque él no sabía nada de lo que me pasaba. Necesitaba descansar sin aguas vivientes y enfurecidas de Poseidón o sangre derramada en honor al gran Ares.

Llegue a la casa y pasamos unas cuantas horas hablando, cuando en ese momento empecé a sentirme algo famélico y le comente la idea de salir a comer fuera. Le encanto y salimos y comimos en un bar, donde, la comida servida era magnifica y el café muy bueno. Siempre iba a este bar por el café. Cuando ya salimos y caminamos por la calle durante largo rato, empezó a atardecer. El ocaso lo odiaba. Ese era el momento en el que los enamorados se proclamaban reyes del mundo objetando que ante el amor el sol se postra.  Era el momento de los amantes y del amor en general.

     Mi amigo tenía que irse, pero yo prefería quedarme un poco más de tiempo. Pasee durante un cuarto de hora, puede que media. Vi que anochecía y tenía algo de frio por ello volví al bar y pedí una manzanilla para entrar en calor y después irme al infierno al que llamaba casa. Cuando me sirvieron me di cuenta que ya era de noche, y que no me había llegado ninguna carta. Eso me alegraba y a la vez me extrañaba. Mire a mi alrededor y no vi a nadie raro. En el bar solo estaban las camareras y creo que una mujer en la mesa de mi espalda.

Terminé de beber y salí de ese lugar. Quería ir a mi casa y olvidarme de todo, intentar no encontrarme con nadie y mucho menos con una carta. Cuando iba a torcer la esquina:

-¡señor, señor! Se ha dejado esto.- dijo mientras corría hacia mí la camarera que me había servido. Me gire y ¡Qué sorpresa! Una carta. Otra más. No había salido del infierno. Pero pensé: ¿qué pasaría si no la abro? Así fue, cogí la carta que la camarera me dio y cuando llegue a mi casa la deje en la mesa de mi cocina. Y no la quise volver a ver.

Subí hasta mi cuarto y cuando entre la vi en mi cama, me asuste, pero aun así no caería en la trampa. Fui al baño ya hasta cabreado con la carta y la mala suerte. Al entrar al baño vi la carta del diablo en la repisa del espejo. La cogí, la lance al suelo y con rabia grite: “¡Mal demonio, sal de aquí! No quiero ni una sola carta más. Sal de mi vida”. Cerré la puerta del baño de un portazo y dejé la carta por fuera. Una vez encerrado en el baño pensé en lo extraño que era que la carta no tuviera cinta. No había ningún color en la carta. Y por ello ¿qué me podría pasar sin ningún color? Cuando salí de la ducha, ya bañado, y me empecé a secar. Me entro un gran escalofrió que me recorrió todo el cuerpo y, en ese momento, ese ser invisible comenzó a escribir en el ahumado espejo:

Pensabas que de mi te librabas
Yo que tu no lo creía así
No te libraras de tu destino
Y tu destino es morir.
 
No quieres que nadie te moleste
No quieres ni que a ti se acerquen
Pues ten seguro que eso pasara
Serás el único sobre la faz.

No me podía creer lo que leía, Salí corriendo y cuando mire al suelo la carta no estaba, la verdad es que no me importó, pero cuando ya estaba en mi cuarto me mire en el gran espejo que tenía y estaba bien. No me habían amputado nada, estaba bien. Solo algo asustado y, como era propio esos días, mojándolo todo.

No pasaba nada y eso no me gusto. Me dormí bastante bien y alegre, nada me había pasado. A lo mejor el ser se cansó de mí y me dejo en paz.

     Tranquilamente desayune y cuando todo estaba completamente limpio salí a la calle con ganas de hablar con cualquier persona. Pero no había nadie y NUNCA MÁS habría nadie.

Ande por las calles extrañado por estar todo vacío, a la hora me empecé a asustar. Corrí de un lado a otro y no vi a nadie. Todo eso me daba bastante miedo, estaba completamente solo, ni un solo peatón, ni un solo coche, ni un solo local abierto. Cuanto más tiempo pasaba más corría yo. Girando de esquina en esquina. Pasando de calle en calle. Gire una esquina y mire a uno de los edificios más altos de la ciudad y en el estaban escritas con letras tenebrosas

La soledad es tu amiga y la única
Que te acompañará para siempre. 

     En ese momento una locura estallo en mí. Empecé a oír voces que me decían que no saldría vivo. Otras me decían corre, va a por ti. Otras que no tenía salvación, ese era mi fin. Corrí hasta la casa de mis amigos. NADIE. Corrí hasta los bares de confianza. NADIE. Solo yo y cuando llegue al parque donde encontré la segunda carta oí a alguien caminando a mis espaldas. No estaba solo. Ese ser iba a por mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario